Estoy.¿Estas?

•mayo 1, 2007 • 2 comentarios

Me sigo sentando a la mesa y miro el tenedor como si allí se escondiese el secreto de mi existencia. Ya no escucho, todo es un murmullo que me envuelve.

Pienso que estoy pensando, creo que estoy creyendo. Me siento en el piso y empiezo a jugar.

Leo cuentos y no encuentro mi nido, la hormiguita viajera no viaja, el libro de la selva es de papel reciclado y… Se rompió mi jovi. La pluma fuente me manchó la mano y no quiero leer o escribir más.

Es de noche y siento tibio el corazón, una tibieza amarga que no respeta puntos, comas ni renglones. El mundo es tan grande que me agobia. Los caminos son tantos que no sé cuál pueda llevarme a donde vos estás.

¿Estás?

Los carteles no llevan a ningún lado, no se acuestan las palabras ni descansa esta emoción. Casi puedo tocar la suavidad de tu cabello y la aspereza de tus manos.

De no ser por una brújula de bolsillo, no sabría dónde estoy. Siempre marca el sur. Debe haberse descompuesto luego de la última expedición.

“Lo barato sale caro”- dicen. Sale caro escribir estas letras sobre mi pecho descubierto, justo encima del corazón.

Si fuese cierto, si fuese real… Sale caro.

No es amor.

EL significado

•abril 30, 2007 • 2 comentarios

El transito es pesado, se lleva todo el paisaje por delante. Algo no está en su lugar. Demasiadas cosas dichas, demasiadas promesas sin sentido. Muchos escapes infructuosos, demasiadas señales y objetos sin describir, sin nombrar.

Se suelta la soga que permanecía intacta. Se escapa un grito, se esconde una mirada.

Las figuras de porcelana se niegan a ser frías, los vestidos ya no son vaporosos ni suaves. Se estira la inocencia, se borronean los rastros de inmortalidad.

Quiero decir que no hay nada por hablar, nada por justificar.

¿Qué pasó con los latidos de ese libro que guardaba parte de mi historia?

Tal vez lo haya pisado sin darme cuenta. Pobre libro, tan viejo, tan manchado, tan poco usado…

¿Debería sacar mi lista de pros y contras?

No suelo volver sobre mis pasos.

De mil pensamientos, solo suelo decir uno o tal vez dos.

¿Qué estoy realmente pensando ahora?

Llueve

•marzo 22, 2007 • 5 comentarios

Impedida de volar, ondea, se deja llevar. Sin agua ni rastros de ayuda se retuerce y pide volar. Recorriendo un invierno duro, revoloteando por encima de murallas que se quieren resquebrajar… intenta continuar.

Cada segundo cuenta y a la vez nada se opone ante lo inevitable de su frágil vitalidad. Flota ayudada por el viento de las cumbres nevadas, se acerca y se aleja y sueña con la misma facilidad.

Las cosas no parecen variar y el día sigue queriendo aparentar ser eterno, tan eterno como el bienestar.

Cambia.

Se va marchitando la idea de ver un amanecer más, baja la velocidad de los aleteos, se posa sobre una hoja y admira la amplitud del lugar. Tan grande, tan incierto. Tan poco tiempo en verdad…

Sigue cambiando.

Los árboles se callan y una gota de lluvia cae sobre el suelo. Irrumpe, resuena y se hace un lugar en la tierra sin pretender nada más.

Apoya su cabeza sobre la rama de un árbol. Quiere ser grande y soñar un rato más. Desea ver más paisajes, lo que quiere es más tiempo para disfrutar, nada más.

Se apagan los sonidos, no hay gente alrededor a la cual observar. Alguna estrella aparece en el horizonte y las alas dejan de moverse, empiezan a caer, a descansar.

Un último trabajo, un último día. Poder ser una vez más.

Una mariposa cae suavemente al suelo, se deshace con el viento y tiene su último vuelo hacia la libertad.

Cambia.

La brisa atada

•marzo 7, 2007 • 2 comentarios

Dentro del estanque hay algunas flores que quedaron flotando por ahí. Me pregunto si alguna idea flota también, si todo es tan estable, entonces… ¿Porqué ha de partir?

Luces que ciegan entre la maleza, es un bosque este jardín, es un caos ordenado donde impera la incertidumbre y… no quiero abrir, no quiero volar, no quiero salir.

Notas se deslizan por el piano y ninguna estalla dentro de mí. Se pierden las partituras. Sigo imaginando que están dentro, muy dentro de mí.

Suelta aquellas cosas que tanto te atan, deja que el aroma que desprenden los jazmines te sumerja dentro de mí. En lo profundo se ven luces, dentro de mi cuerpo hay cicatrices que queman y necesitan tus cuidados, necesitan de ti.

Los zapatos quedan a un costado del camino a Moreno, me sigo preguntando si los árboles crecerán de igual forma allá que aquí. Surgen mis raíces y emergen mis cristalinas ganas…

¿Acaso no deberíamos juntarnos y hablar de cosas sin sentido al menos por un rato?

Me hundo en los colores, respiro la más pura sensación. Es el rastro que dejan las lágrimas de pinos y cedros, el latido de una pobre planta que tarda en dar frambuesas y acaricia el sueño de dar peras.

Se deslizan las ideas, se vuelve translucido el pigmento que deja la llegada del porvenir.

Uno a uno, cara a cara. La reja, el árbol, la casa y un paseo por el lago que aún no se secó.

Y mi mirada se pierde, cae y vuelve a subir. Intento respirar y trato de sobrellevar tanta belleza. Tanto extracto de amor.

El suspiro intacto lucha dentro de mí, persigo nubes y corro al viento… no dejo de soñar con aquello que ya está muy dentro de mí.

Miles de trenes al interior

•febrero 19, 2007 • 3 comentarios

Mientras juegan en el patio se escuchan voces en el hall. Es la gente que llega y trae regalos en abundancia.

Los chicos corren y miran las etiquetas pegadas sobre el papel. Se preguntan si será o no su nombre impreso… Es que aún no saben leer bien.

Hay un borracho que siempre canta la misma canción, no se sabe si es porque solo conoce ese tema o por puro placer o dolor.

El gato del vecino vuelve a romper la membrana de la terraza, donde los chicos jugaban alegremente mientras el gato se escapaba de una posible persecución con una escoba.

El tiempo pasa y los problemas son alegremente vagos, simples, humanos.

Ella sigue esperando anotar este día en su diario, donde junta todas las entradas al cine de cuando fueron los dos. El no sabe sobre su pequeño ritual, solo cree que apenas lo quiere, nada más.

Alguien grita por el volumen de la música. Esta bien. No son villancicos, es Green Day y tampoco es Navidad… brilla la estrella, brilla sin cesar. Y sin saber astronomía el padre muestra el camino de las estrellas y la mamá le enseña la libertad de crear.

El tiempo se sienta conmigo a tomar un té. Ambos pedimos sin azúcar. Nos sentamos y nos miramos, nada más.

No hablo de la guerra, él no habla de la vejez. No hablo sobre mis ideales, él no habla sobre aquello que una vez pudo ser y no fue.

Se abre la puerta de la habitación que se encuentra en la terraza. Hay una muñeca, herramientas y un tren.

Alguien daba cariño.

Alguien construía.

Alguien viajaba sin mover un solo pie.

La puerta no se cierra.

La cerradura se rompió…

Nieve de azúcar

•febrero 16, 2007 • Dejar un comentario

Él crecía y crecía, sus sueños parecían no entrarle en su corazón que trataba de seguir el paso pero iba lento, marcaba los signos del tiempo con retraso.

Uno, dos, tres. Empecemos por escribir un poco y estudiar otro poco después. Recorre historias sobre Europa y luego pasea sus dedos por Dusseldorf. Su padre lo mira con ojos celestes, helados ante la falta de rapidez.

“No te duermas en los laureles”- le grita.

Aún no cae en la cuenta de que él duerme en nubes hechas de caramelo y sábanas de algodón egipcio mientras lo arrulla un alemán que le cuenta (en su idioma natal) historias de lugares lejanos…

Se rompe el lápiz y vuelve a empezar. Se pone duro en la silla y sigue escribiendo, examina con ojos de un técnico cada reborde de los países por lo cuales podría algún día, con su canoa favorita, navegar.

Su madre se estanca con su memoria en platos con fotos antiguas. Pesca sueños con un dedo y tira migas de pan esperando que la sigan (no para que la ayuden), y continúa sentada en su sillón…

El espejo del comedor es gigantesco, algo pálido y tarda en mostrar el verdadero paisaje algo triste y algo alegre del hogar.

Navega, niño, navega y quizás puedas hallar un poco de paz.

Con la punta de sus zapatos marca el compás de una suave canción. La nieve en Rusia se puede ver desde la ventana de su habitación. Toca con sus dedos cansados y llenos de ilusión el Big Ben. Todo esta tan cerca, tan lejos. Tan claro y sin embargo, se deshace tan fácilmente… basta con solo parpadear.

Trae souvenirs de todas partes, trae regalos y persevera en su idea de que su papá sabe siempre que es lo mejor. Prefiere los ojos vendados, así sueña mejor.

El lápiz cae al suelo y hace un sonido tan simple como la respiración ante el error. Sabe que queda mucho por escribir aún.

No se puede parar. No se deben dejar las cosas por la mitad.

Y él se refriega los ojos, le pica tanta rigidez mental. Sus ojos quieren ver la nieve de Rusia, el Big Ben que está en el cajón… y su voz quiere practicar ese alemán que cada día pronuncia mejor. Sueña.

No se deben dejar las cosas por la mitad.

Teclas negras.Gato blanco.

•febrero 15, 2007 • 2 comentarios

Trepan por la pared distintos imanes de heladera que juegan a ser ideas. Se tropiezan, se pisan y se vuelven a ordenar… ¿Estarán tan cansados como a veces parecemos estar?

Tiemblan las teclas del piano de mi bisabuela, el gato blanco que estaba arriba, junto al florero… juraría que hace tan solo un rato me miró.Fue un segundo.

Acaricio las teclas e intento recordar cada estrofa, cada nota de aquella canción que escribí. Era un día de sol pero adentro estaba oscuro y si mal no recuerdo, lo juro, se veía aproximarse a leguas un vendaval.

Marchan mis dedos por las teclas y repercute en toda la casona. Tito espía a través del espacio que dejan los libros de abogacía. No imagina quien puede atreverse a tocar aquel piano. La pared la forman tomos gruesos como la conciencia, pesados como la historias que guarda esta casa.

Es solo una historia.

Manejo mi voz con cierta cautela, arreglo mi cabello y una hebilla se rebela. Cae al piso y me tiro urgente a levantarla. Le ordeno con cierta preocupación que se quede exactamente donde estaba.

Decido ir a otra habitación y dejar al gato blanco en paz. Tonos verdes primaverales se ven reflejados en toda la habitación. Es tímidamente cerrada y cuesta respirar tanta antigüedad.

Una lámpara barata se avergüenza y muestra cierta humildad. Paso los dedos por libros viejos que parecen no haber sido tocados. Veo el retrato de ella. Veo entre tantas cosas verdes, escondido, un pequeño dinosaurio de plástico.

Prefiero al gato blanco de porcelana de la otra habitación. Los dinosaurios de plástico se derriten con el calor.

Camino por el pasillo y llego al rosal. Me pincho y no sangro. El perro del fondo aún no apareció…

Vuelvo al viejo piano de mi bisabuela.

Sigo,como siempre, practicando mi canción.

 
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